martes, 12 de abril de 2022


 

Ese patético odio entre uribistas y petristas

 

La democracia en Colombia no es un ejercicio cerebral sino de bilis, de pura candela en el estómago. Para qué analizar una propuesta si fijándonos en quién la hizo sabemos lo que tenemos que hacer: meternos corriendo al Facebook y descargar nuestra ira contra todo aquel que no vote por el que yo voto. Y lo peor de todo es que esa ira ni siquiera nos la han despertado con ideas o con planes de gobierno bien articulados. No. Lo han hecho usando estribillos, recitando eslóganes y sermones incendiarios que nos ciegan y que nos ponen a actuar como payasos de circo. Por obra y gracia de esas cuantas frases, aquí seguiremos, deseando matar a nuestro vecino. Si seguro que hasta yo alguna reprimenda me ganaré, seguro que alguien leerá estas líneas y se dirá con rabia: ¿Pero bueno y este quién carajo se cree para decirnos lo que debemos o no debemos hacer? ¿Quién le habrá dicho que se puede meter en nuestras vidas e interferir en nuestro soberano y democrático derecho de matarnos entre nosotros mismos?

miércoles, 11 de noviembre de 2020

viernes, 12 de junio de 2020

En relación con el artículo Desayuno en Tiffany & Co – Bogotá, de Jaime Luis Charris

En relación con el artículo Desayuno en Tiffany & Co–Bogotá, de Jaime Luis Charris 

                     Por Aurelio Pizarro 

   Cuando la semana pasada leí en el artículo que el escritor tomasino, Jaime Luis Charris escribió para la revista Nova et Vetera, de la Universidad del Rosario, una frase que el novelista español Santiago Posteguillo pronunció en agosto de 2017 en el lanzamiento de su libro El séptimo círculo del infierno-escritores malditos, escritoras olvidadas, y en el que se refiere a la “única e irrepetible sensación de leer por primera vez ciertas obras literarias”, hubo algo dentro de mí que me quedó haciendo roce como con los pelillos de una oruga. Sabía que la frase la había escuchado antes y eso se me hizo raro porque no he leído nada de Posteguillo, ni siquiera en algún artículo de prensa. Me di a la tarea de buscar el texto en el que pudiera figurar aquella frase, pero por más que revisé y volví a revisar escritos que tuvieran que ver con ese tema, no pude dar con nada a lo largo de toda la semana. 
    Pero ya se sabe que los atajos de la memoria son inextricables y ayer por la tarde, revisando un viejo DVD sobre la vida de Miles Davis —y sobre la historia del Jazz en general—, me topé con un pasaje que nada tiene que ver con el tema y en el que ni siquiera se habla de literatura, pero que me hizo recordar con envidiable precisión dónde había leído aquella frase. O mejor dicho, dónde la había escuchado, porque en realidad no la había leído sino que se la había oído decir en una entrevista a James Patterson, el famoso escritor de novelas de misterio. El asunto se hubiera quedado ahí de no haber sido porque ese transitorio olvido mío retrasó el comentario que tenía preparado para el interesantísimo artículo de Jaime Luis y porque caí en la cuenta de que la apreciación de Patterson es muy superior a la que hizo en su momento Posteguillo. Y la cosa está en que Patterson hace su análisis a propósito de una charla sobre la amnesia. Dice que detrás de la desgracia del olvido puede ocultarse el placer del deslumbramiento, de esa sensación de plenitud que sólo nos producen las cosas a las que a pesar de que nos enfrentamos por primera vez, parece que ya trajéramos dentro. “Ah”, termina exclamando el viejo Patterson para cerrar su disertación, “lo que diera yo por poder leer por primera vez El barril de amontillado”. No quiero poner en tela de juicio, por supuesto, la originalidad de la frase de Posteguillo, pero cuento esta anécdota por dos razones: la primera es porque el contexto de Patterson me parece mucho mejor y la segunda porque el artículo de Jaime Luis está tan bien escrito que lo había planeado decir yo sobre él, hubiera resultado redundante. 
    Comparto aquí con ustedes el excelente artículo de Jaime Luis Charris que, sin duda alguna, merece ser leído por primera vez… nuevamente. 


jueves, 11 de junio de 2020

Volver al pasado

Volver al pasado


Aurelio Pizarro
Por. Aurelio Pizarro

        Así como manejamos la idea de que el tiempo fluye en una dirección precisa y recta —hacia adelante—, de esa misma manera creemos que el comportamiento humano va evolucionando poco a poco. Miramos hacia ese pasado que imaginamos detrás y empezamos a convencernos de que con el transcurrir de los años vamos conquistando conductas que nos alejan de la caverna, formas de proceder que van aumentando la distancia que pensamos que existe entre nosotros y el resto de animales. Nos horrorizamos, por ejemplo, al recordar la época de la esclavitud, el inicio de las sangrientas guerras civiles en Colombia o las imaginativas crueldades de los nazis, y esos cinco minutos de asco nos bastan para sentirnos redimidos, completamente ajenos a los bárbaros seres que incurrieron en aquellos remotos desmanes. Es esa nuestra fórmula contra el espanto: cerrar los ojos y seguir tirando hacia adelante. Y en cuanto al concepto del tiempo está bien que lo hagamos así, porque si abrimos lo ojos nos topamos con teorías para todos los gustos, desde la de Heráclito que sentenció que todo a nuestro alrededor se encontraba en un estado de constante fluir, hasta la de la mecánica cuántica que plantea que el tiempo es estático y la sensación de su flujo no es más que una mera abstracción de nuestra mente. De manera que en ese caso lo mejor es seguir haciendo lo que hemos hecho desde niños: pensar que existe un pasado, un presente y un futuro. Al menos para no sucumbir a la locura; bien decía San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si me lo preguntan, no tengo ni idea”.

        En lo que respecta a la evolución del comportamiento humano, sin embargo, ahí sí creo que nadie tenga dudas: no hemos avanzado ni un milímetro. Y es que a la mezquina propuesta que Felipe VI le hizo hace unos días a la aristocracia española y que nos devolvió de un plumazo a la mismísima Edad Media —donar leche y aceite de oliva para acallar el descontento del pueblo raso—, se le une ahora el caso de George Floyd, el afroamericano que acaba de morir a manos de cuatro policías blancos en Estados Unidos. Bueno, a decir verdad, se trata de tres policías blancos y uno chino, pero para el caso es lo mismo porque no quiero referirme al hecho en sí, que bastante tinta ha derramado ya sobre las pantallas virtuales del mundo. A lo que quiero hacer referencia es a nuestro inmovilismo, a esa patética incapacidad de avanzar como especie en nuestro proceso evolutivo. Ni siquiera quiero arremeter contra los policías que también son víctimas, unas tristes piezas más de un engranaje diabólico que no nos da tregua. Es el engranaje de nuestros propios instintos, de ese tenebroso germen de la autodestrucción que acaso nos hubiera sido inoculado desde nuestros inicios. Y sí, claro que son víctimas. Víctimas de este neofascismo en el que nadie gana. Víctimas de una sociedad que los adoctrinó para odiar al negro y para ascender en una escala de poder que ni siquiera existe. No nos hemos movido ni un milímetro y mientras no lo hagamos todos seremos víctimas. Incluido Felipe VI que no es más que un pobre actor obligado a interpretar ese mismo papel —regalar aceite de oliva, miel, leche— que desde principios del siglo XVIII viene repitiendo su familia  Por supuesto, también lo es Colombia, este peripatético país en el que de mejor manera se demuestra que, en realidad, el tiempo si es estático porque nos hemos quedado anclados en este eterno periodo de nuestra historia que tiene a bien llamarse la Patria Boba.

El bucle

El bucle


Aurelio Pizarro
Por Aurelio Pizarro

Una de las experiencias más aleccionadoras que he tenido en mi vida, me sucedió en un viaje que hice a Ginebra con unos amigos españoles y latinoamericanos, allá por el año 2001. Creo que fue un chileno o un panameño, quien descubrió que las maquinitas expendedoras de dulces y de periódicos —a pesar de que tenían a un lado el cajoncito en el que se inserta el dinero— funcionaban sin necesidad de que se introdujera en la ranura un billete o una moneda: la portezuela estaba libre y dicho cajón era un simple recipiente externo que no ejercía control alguno sobre ella. Advertimos que a ningún suizo se le ocurría tomar su periódico sin introducir el importe respectivo; recuperando, cuando era el caso, la suma exacta que le correspondía como vueltas. A nosotros, sin embargo —a esa raza latina, devoradora de hembras y hecha de hombres de pelo en pecho— se nos disparó de inmediato un fusible interior y removió algo en nuestras tripas que dejó en evidencia la realidad de nuestra condición desaforada; sobre todo cuando descubrimos que había un dispensador de cervezas que operaba haciendo uso de ese mismo mecanismo. No lo pudimos evitar; fue una explosión de adrenalina que nos puso a temblar de emoción y que nos hizo sentir más excitados que si estuviéramos al mando de un Ferrari o de un Maserati. En ese instante pasaron por mi mente casi quinientos años de historia de los que no pude deslindar la imagen de Cortés o de Nuño de Guzmán, peleándose por el oro indígena que, vaya a saber Dios por qué, habían decidido que les pertenecía. Allí estábamos también nosotros, tantos años después, haciendo honor a aquella herencia, tomando varias cervezas que valían siete u ocho francos suizos y metiendo un billete de a franco para evitar las suspicacias de los ginebrinos que nos miraban desde la distancia.

En ese momento vislumbré la razón por la cual los países latinos se hallaban entre los más corruptos del mundo.Y lo somos porque no hemos sabido desprendernos de esa herencia, porque la seguimos manteniendo dentro de los oscuros estándares de nuestras vidas; más todavía los colombianos, quienes nos jactamos de ejecutarla e, incluso aun, de promoverla. Es ese bucle —ese tornillo sin fin— la razón por la que no logramos mover de su eje a nuestros nefastos gobernantes: siempre que sigamos defendiendo que “A papaya puesta, papaya partida”, no tendremos el valor moral para tomar las riendas de nuestro propio destino. Así, mientras creemos que hemos sacado ventaja porque tumbamos al que nos compra los aguacates o por echarle agua al refresco de avena que vendemos en la esquina, el sector financiero nos desangra cobrándonos hasta las pisadas, las empresas de servicios públicos nos facturan por vatios o litros que no hemos consumido, las EPS hacen la vista gorda ante eventualidades de vida o muerte y los políticos siguen esquilmando las arcas públicas mucho tiempo después de habernos pagado por ese voto que vendimos creyendo hacer el negocio de nuestras vidas. Es por ello que me aventuro a conjeturar que mantener en vilo esa adrenalina, es tal vez la peor de las formas de darle alas a los que sí conducen Maseratis comprados con nuestros impuestos. Aquella tarde, en Ginebra, después de “tumbar” a los suizos, nos fuimos arrepentidos al hotel y empezamos a hablar del asunto. Al cabo de una larga discusión, extrajimos esta vergonzosa conclusión que durante tantos años me ha perseguido. Uno de ellos me propuso que escribiera, a partir de ella, algún ensayo o un artículo. Yo guardé siempre la esperanza de que un cambio en nuestra forma de ver el mundo nos permitiera romper el bucle, y que me concediera a mí la gracia de que todo aquello se quedara en una mera travesura. Hoy, sin embargo, viendo lo que está pasando —sobre todo a tenor de que la rapiña no cesa ni siquiera bajo el apocalipsis de la pandemia—, he revisado aquella propuesta y he llegado a la conclusión de que quizás aquel amigo sí que tenía razón. Tal vez lo mejor es que me siente ante el computador y empiece de una buena vez a escribir el bendito artículo. He decidido que eso haré, y lo empezaré confesando una vergüenza que a cualquier colombiano le va a parecer estúpida: “Una de las experiencias más aleccionadoras que he tenido en mi vida, me sucedió en un viaje que hice a Ginebra, con unos amigos españoles y latinoamericanos…”.

lunes, 18 de mayo de 2020

La vida y el futuro en La muerte previa. Entrevista al novelista Aurelio Pizarro



La vida y el futuro en La muerte previa. Entrevista al novelista Aurelio Pizarro


Por. Iván Darío Fontalvo

Todo empezó con un reportaje fenomenal que el maestro Julio Olaciregui escribió para El Espectador pocos días después del lanzamiento del libro. De repente, Aurelio Pizarro, el gran narrador, se encontró con el descomunal reconocimiento de lectores maravillados. El libro empezó a venderse en Amazon y gente de todo el mundo pudo descargarlo gracias a las maravillas de la tecnología. Otros grandes, como Ramón Molinares y Pedro Ugarte, hicieron críticas siempre ventajosas sobre aquella novela de doscientas treinta páginas que llevaba el pertinente título de La muerte previa.

Dije que todo empezó con el reportaje de Olaciregui y, en lo que al reconocimiento se refiere, es cierto. Pero como el mismo título del texto lo sugiere, los cimientos de esta novela ardua se fijaron antes ―muchos años antes, a decir verdad―, cuando el escritor vagaba por Europa buscando el camino universal de sus letras. Del libro se ha hablado bastante y se seguirá hablando por mucho tiempo (una columna del sociólogo Pedro Conrado se ha publicado recientemente en el mítico rotativo de la costa,Diario del Caribe, por ejemplo). Es curioso que muchas veces la fuerza propia de una obra acabe por sobrepasarel nombre de su arquitecto, y, aunque no es esta una circunstancia del todo indeseable, en este espacio pretendemos conocer al autor en relación con su más reciente libro, por supuesto, pero, sobre todo,en relación conelresto de su obra. Veamos lo que tiene para contarnos Aurelio Pizarro al respecto.

Iván Darío Fontalvo (I.F.): Arranquemos con la pregunta cliché e incómoda: ¿quién es Aurelio y qué camino lo ha traído hasta aquí?

Aurelio Pizarro (A.P.): Bueno, Aurelio Pizarro es un caribeño cualquiera que, sin embargo, tuvo la buena fortuna de nacer en Santo Tomás, un pueblo que desde la época de la colonia ha liderado las inquietudes intelectuales y artísticas del departamento y que inocula, casi que congénitamente, en todos sus hijos, el germen de la pasión por la cultura. No en vano, desde que fue capitanía del partido de Tierradentro, allá por el siglo XVIII, ha habido siempre por aquí curas y escuelas, y la fundación del Colegio Oriental ejerció una profunda transformación no sólo en el departamento, sino en toda la región. Yo, como la mayoría de mis coterráneos, no pude escapar a la virulencia de ese germen y no tuve, por tanto, más opción que la de transitar ese camino que desde muy temprana edad empezó a resolverse en forma de historias y de versos.

I.F.:Ya que mencionasese influjo artístico,¿qué puedes decir de tus predecesores en la rama?

A.P.:Que han sido determinantes y que ese influjo se remonta a mis primeros días. A mi abuelo (Aurelio Pizarro Cabarcas), por ejemplo,lo recuerdo —ya en mi primera infancia— representando comedias de carnaval junto a Juancho Manuela, a Alfredo Herrera y aToño Pizarro. Más adelante, en los años previos a la adolescencia, fui testigo de las gestas poéticas de Manuel Eusebio Salcedo y de Julián Acosta Varela. Y ya en el bachillerato tuve el privilegio de tener como profesores a Ramón Molinares y a Pedro Conrado, y de cultivar la amistad con el poeta Tito Mejía quien fue uno de mis ídolos de infancia ya que era una de las más fulgurantes estrellas de la radio en toda la costa. Con estos últimos hicimos una buena gallada —cosa que les agradezco ya que, a pesar de que entre ellos y yo existe más de una generación de distancia, siempre me trataron como a uno de los suyos—.A esta gallada pertenecen también los enormes poetas Julio Lara Orozco (el famoso poeta Lara que aparece en La muerte previa), Frensis Isaac Salcedo quien a su vez cultivaba el periodismo y Tatiana Guardiola que empezaba a hacer sus primeros pinitos.

I.F.: La muerte previa es tu libro más reciente, una especie de thrilleren el cual su protagonista persigue la resolución de un misterio que hizo pedazos su reputación. ¿De dónde nace la idea?

A.P.: En realidad, La muerte previa está basada en un hecho real que tuvo lugar antes de que yo naciera. Un hecho que removió los cimientos del municipio hasta su mismísimo tuétano. Es la historia de Dorina María Barandica, una mujer de una familia distinguida que, en efecto, allá por el año 63 o 64 del siglo pasado, decidió misteriosamente encerrarseen su casa. El hecho generó toda suerte de especulaciones ante las cuales ella se mantuvo siempre hermética. Cuando conocí esa historia, a través de Leda —a quien dedico la novela, al tiempo que ala propia Dorina— supe que por mucho tiempo no iba a poder quitármela de la cabeza. Intenté escribir en ese momento una especie de cuento largo o nouvelle en la que gasté angustias e innumerables noches de insomnio, pero(creo que, por lo prematuro del momento, pues tenía entonces dieciséis o diecisiete años) los resultados fueron siempre fallidos. Me dediqué a escribir otras cosas, entre ellas los primeros cuentos deFantasmas de este mundo, cuatro de los cuales aparecieron publicados en el colectivo Visionarios,y algunos cuentos sueltos de El espejo infinito. Sin embargo, nunca pude abandonar la pasión por esa historia. Podría decirse que prolongué, desde entonces, una etapa de callada documentación en la que la ansiedad y la curiosidad nunca me abandonaron. No fue hasta mi llegada a Europa —quizás al tercer o cuarto año de estar allá—  cuando pude acometer la historia con la fuerza que deseaba. Allí, tanto el distanciamiento como el descubrimiento de nuevas lecturas, me abrió definitivamente las puertas para pespuntear la historia que quería. A partir de ese momento la ejecución de la novela se hizo imparable.

I.F.: La historia dio vueltas en tu cabeza por más de veinte años; ¿por qué crees que resultó tan insidiosa y por qué crees que necesitaste tanto tiempo para decidirte a escribirla? ¿Tiene algo que ver con tus preocupaciones artísticas o son meras coincidencias del flujo cuántico?

A.P.: Estoy convencido de que se debe, sin duda, a eso que yo he decidido llamar el flujo cuántico. Las preocupaciones artísticas estuvieron siempre ahí, pero las corrientes no les eran propicias. Creo profundamente en las explicaciones de la mecánica cuántica, las estoy abordando con considerable rigor y cada vez me convenzo más de que en ellas se hallan la resolución de muchos misterios fantásticos de nuestra vida. Eso que otros explican a través de la fe, de la causalidad o del azar, tiene para mí un desenlace más coherente a través de la física cuántica.

I.F.: Mencioné adrede la noción de la cuántica que predican autores como Houellebecq para preguntarte ahora: ¿qué autores en particular te han influenciado en esta obra y en tu larga carrera como narrador?

A.P.: Yo creo que el autor que más me ha influenciado es, sin duda alguna, Jorge Luis Borges. Con el añadido de que mi admiración hacia él no se limita sólo a su obra, sino a su vida misma, a su proceso de formación. Esto trajo a mí sus recomendaciones literarias desde muy temprana edad. A través de él descubrí a autores que de otro modo no habría descubierto, al menos a esa edad. Entre ellos, te podría mencionar, por ejemplo, a Shaw, a De Quincey, a Chesterton, a Faulkner, a Henri Michaux… No incluyo en esta lista a Virgilio, a Kafka, a Poe, a Dostoievski o a Quevedo, porque, aun cuando los leí bajo la influencia borgesiana, a ellos de todas formas los iba a descubrir en las lecturas del bachillerato. No te puedo ocultar, sin embargo, que dentro de los autores de los últimos años, sigo con cierta devoción a Houellebecq, a pesar de las diferencias estilísticas que existen entre su narrativa y la mía.

I.F.:Al final, hablaremos de recomendaciones para nuestros lectores. Ahora quiero que me cuentes sobre la disyuntiva contextual presente en La muerte previa. Santa Villa de los Mares (lugar donde se desarrolla la historia) es una ciudad imaginaria que en ocasiones parece ubicada en alguna costa española y que luego se transfigura y se parece a Santo Tomás, el pueblo del que provienes.¿Qué pretendías con este ejercicio de evocación?

A.P.: Sentirme en consonancia con mi propia realidad. Soy consciente de que cuando surgió el fenómeno del Boom los escritores del lado de acá —para seguir la propuesta cortazariana— estatuyeron, casi que como una obligación moral y política, el hecho de hacer una literatura con lenguaje regional, tildando de presuntuosos a aquellos escritores que dejaban ver una literatura más europea. Pero para el momento en que escribí La muerte previa,esta especie de prejuicio había empezado a desparecer. Hoy en día, con la globalización, casi se podría decir que se ha extinguido. En tal sentido, yo no me sentí afectado por ese prejuicio y simplemente deje fluir las cosas, las describí a tono con la realidad que vivía en ese momento. Es así que Santa Villa de los Mares resultó siendo un híbrido entre Santo Tomás y Laredo —el pueblo cantábrico al que todos los que vivíamos en Bilbao nos íbamos a pasar los fines de semana— y Morantes, el protagonista, vive sus aventuras en Atenas, en Viena o en Rennes, tal como me tocó vivirlas a mí en aquel instante.

I.F.: Apropósito de eso, como escritor del Caribe, ¿te identificas con el rótulo o sientes que lo evades?

A.P.: A pesar de la respuesta anterior, me identifico plenamente como un escritor del Caribe. Soy en esencia un hombre caribe y los casi veinte años que viví en Europa no pueden cambiar —ni siquiera mínimamente—esa circunstancia. De hecho,si haces un análisis del ritmo narrativo de La muerte previa encontrarás la cadencia de la música caribeña. No en vano, como bien sabes, además de ser escritor, soy músico y tengo bien claro nuestro manejo de los tempos.

I.F.: Tienes un modo de narrar con el cual describes de manera detallada y expresiva hasta la situación más simple.¿Qué lugar ocupa el lenguaje en tu estilo? ¿Es tu primera preocupación en el proceso de construcción de tus obras?

A.P.: Volvemos a Borges. El lenguaje lo es todo. Cuando escribes, por más que creas que estás diciendo algo novedoso, siempre estarás contando algo que ya ha sido contado, estarás diciendo algo que ya ha sido dicho. De modo que lo único que interesa es la forma en la que lo digas, la estrategia de la que te valgas para contarlo. Sin embargo, la globalización ha convertido esa verdad literaria en una paradoja; una paradoja que se deriva de las nuevas tecnologías y de la democratización de la literatura. La internet, ha desatado una oleada tremenda de escritores—de miles, millones, de escritores— que hunden las raíces de su formación en el cine. Lo audiovisual, es más fácil de digerir que lo escrito. Esto ha condicionado a los lectores y por ende a la industria editorial. Ante ese panorama, es casi suicida hacer experimentos narrativos. A la mayoría de los lectores lo que les interesa son las películas y las editoriales, en consecuencia, lo que les exigea sus escritoresson guiones de cine. Por eso la mayoría de escritores de hoy en día han terminado escribiendo con la misma técnica narrativa: frases cortas y poca profundización en la psiquis de los personajes. Eso casi que te garantiza el éxito en la industria, que no necesariamente equivale —que casi nunca equivale— al éxito literario. 

I.F.:Hablemos de Morantes y de Anaísa, protagonistas principales de La muerte previa. Percibo una preocupación evidente por resaltar sus estados de ansiedad y angustia. Este tipo de descripción sofocante y minuciosa creo que es el rasgo distintivo del thriller. ¿Cómo concebiste esa atmósfera que no concede respiro?

A.P.: La muerte previaes una novela que pretende ahondar en la psicología de los personajes. Si aunamos eso a lo que tú dices, podríamos catalogarla como un thriller psicológico. No hay otra manera de escribir un thriller psicológico, que haciendo parte de él. Yo hice el ejercicio de meterme en la cabeza de los personajes y, aun a riesgo de mi salud mental, viví con ellos sus venturas y desventuras. De ese estado de sofocante ansiedad con la que yopercibía sus vidas, creo que se deriva esa atmósfera que tú catalogas —para mi regocijo— como una atmósfera que no concede respiro.

I.F.: A propósito de ese estilo tan depurado y deslumbrante, con descripciones tan profundas y bellas, ¿puedes decirnos si crees que el texto requiere del lector cierto nivel de intelectualidad superior?

A.P.: Creo que no. Cualquier lector de mi generación o de la generación que le sigue a la mía, aun cuando no tenga el hábito de la lectura, puede leerla perfectamente. El problema se nos viene cuando hablamos de los millennials para acá. Ahí la cosa se nos complica, porque los códigos que ellos manejan son los de la civilización del espectáculo —como diría Vargas Llosa—y eso nos obligaría a terminar escribiendo con abreviaturas y emoticonos, concesión hasta la queno creo que debamos llegar. Aun con todo —y creo que en ese sentido va tu pregunta—, he de reconocer que ésta, al ser mi primera novela, es, sin duda alguna, la más barroca y por lo tanto la menos fluida de todas las que he escrito; pero tampoco creo que exija del lector altos conocimientos de literatura.

I.F.: Ya que hablamos de lecturas, ¿podrías recomendarles a nuestros lectores libros que te hayan marcado y que consideres indispensables en el crecimiento personal del individuo?

A.P.: Por supuesto. Aunque te haré una lista arbitraria e inconexa, que obedece a gustos personales y que no necesariamente coincide con los catálogos de mejores obras. En ese sentido, recomendaré: todo Borges; El proceso, de Kafka; La señora Dalloway, de Virginia Wolf; laDivina comedia, de Dante;La vida breve, de Onetti;Las palmeras salvajes, de Faulkner; Trapos al sol, de Olaciregui; El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez; Ceremonias, de Julio Cortázar;Los crímenes de la calle Morgue, de Poe;Los cuerpos de las nadadoras, de Ugarte; Las partículas elementales, deHouellebecq; Un hombre destinado a mentir, de Molinares; cualquier cosa de Wilde o de Cheever; la Odisea, de Homero; Dublineses, deJoyce; Pigmalión, de Bernard Shaw y elQuijote, de Cervantes… Y paro de contar porque la lista sería larga.

I.F.: Por último, Aurelio, sabiendo que para los lectores no hay un libro más importante que el siguiente y que la situación coyuntural con la COVID-19 de seguro supondrá un reto para la industria (hay que prepararse para la avalancha de literatura y cine post-pandemia), ¿puedes decirnos qué leeremos de ti próximamente?

A.P.:Ahora mismo estoy terminando de corregir una novela que se llama Los infiernos mansos y que cierra la historia de los cuadernos del bisabuelo De Roux. Pero ya tengo listas para la imprenta dos novelas anteriores: El laberinto todavía, un texto de casi quinientas páginas en el que trabajé durante cuatro años y que continua con la historia de los cuadernos del bisabuelo,y Epístolas del ángel caído, una novela epistolar que ahonda en la época del paramilitarismo en Colombia. Como ves, soy un escritor que se marca sus propios tiempos y que no vive al dictado ni de las modas ni de la industria. Ahí están las novelas y se publicarán cuando lo determine el flujo cuántico, como al final sucede con todas las cosas.

Iván Darío Fontalvo

Escritor. Ganador del IV concurso nacional de novela UIS (2019). Finalista del Premio Nacional de Novela Nuevas Voces Emecé- IDARTES (2018) y del Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá (2019).

 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

viernes, 1 de diciembre de 2017

Del metabolismo literario y otras consideraciones



Del metabolismo literario y otras consideraciones

(¿Traspasó alguna vez García Márquez la frontera que separa al homenaje del plagio?)

                                                               Por Aurelio Pizarro

Espuma y nada más es, quizás, la pieza literaria más conocida del escritor colombiano Hernando Téllez. Es un cuento que, además de haber sido uno de los primeros que trató el tema de la violencia en Colombia, convirtió a su autor, junto a otros grandes de la narrativa de la época —aun cuando Téllez era más bien ensayista—, como Jorge Zalamea y Germán Arciniegas, en uno de los escritores más influyente para las generaciones que le siguieron. Baste resaltar la curiosa similitud que existe entre el cuento en mención y otro de los relatos famosos que, sobre este tema, ha dado la literatura colombiana: Un día de estos, de Gabriel García Márquez.
Me he decidido a hacer esta publicación (anexando ambos textos), precisamente por las incertidumbres que un amigo hizo despertar en mí respecto de la tan extremada cercanía que existe entre estos dos relatos, así como de la cercanía aún mayor que —según él— existe entre los cuentos Una rosa para Emily de William Faulkner y La viuda de Montiel del mismo García Márquez. Esta última y singular “cercanía”, tan inquietante como tan poco estudiada por la crítica, espero en un futuro someterla también a su consideración a ver qué opinión les merece. 
He optado, en todo caso, por tocar este delicado tema con cuentos de García Márquez, amparado en dos razones que nos animan a disertar y que, pese a lo escabroso del tema, nos libran, ya de antemano, de cualquier rescoldo de culpa que pudiera surgir en alguno de nosotros: una es la certeza de que la obra del nobel Colombiano es ya invulnerable a cualquier tipo de suspicacia y la otra es que sólo tratando el tema con escritores de semejante calibre podemos llamar la atención de los jóvenes que se inician en el intrincado terreno de la literatura y que han menester de referencias para poder elegir y metabolizar de mejor manera sus influencias y para poder adentrarse con pasos más seguros en este universo de las letras que, cada vez más, se halla plagado de autores que cuentan las mismas historias, que con tal de vender libros son capaces de rendirse a las mismas cadencias estilísticas y a esos mórbidos clichés que, a pesar de nuestra rica tradición hispánica, se hallan tan lamentablemente de moda en nuestros días.


Aquí los dos cuentos:


Espuma y nada más

Hernando Téllez

No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas y, cuando lo reconocí, me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular, continué repasando la hoja. La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz. En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. Lo colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el quepis. Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata, me dijo:
—Hace un calor de todos los demonios. Aféiteme.
Y se sentó en la silla. Le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. El rostro aparecía quemado, curtido por el sol. Me puse a preparar minuciosamente el jabón. Corté unas rebanadas de la pasta, dejándolas caer en el recipiente, mezclé un poco de agua tibia y con la brocha empecé a revolver. Pronto subió la espuma.
—Los muchachos de la tropa deben tener tanta barba como yo.
Seguí batiendo la espuma.
—Pero nos fue bien, ¿sabe? Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos.
—¿Cuántos cogieron? —pregunté.
—Catorce. Tuvimos que internarnos bastante para dar con ellos. Pero ya la están pagando. Y no se salvará ni uno, ni uno.
Se echó para atrás en la silla al verme la brocha en la mano, rebosante de espuma Faltaba ponerle la sábana. Ciertamente yo estaba aturdido. Extraje del cajón una sábana y la anudé al cuello de mi cliente. El no cesaba de hablar. Suponía que yo era uno de los partidarios del orden.
—El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día —dijo.
—Sí —repuse mientras concluía de hacer el nudo sobre la oscura nuca, olorosa a sudor.
—¿Estuvo bueno, verdad?
—Muy bueno —contesté mientras regresaba a la brocha.
El hombre cerró los ojos con un gesto de fatiga y esperó así la fresca caricia del jabón. Jamás lo había tenido tan cerca de mí. El día en que ordenó que el pueblo desfilara por el patio de la escuela para ver a los cuatro rebeldes allí colgados, me crucé con él un instante. Pero el espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos. No era un rostro desagradable, ciertamente. Y la barba, envejeciéndolo un poco, no le caía mal. Se llamaba Torres. El capitán Torres. Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Empecé a extender la primera capa de jabón. El seguía con los ojos cerrados.
—De buena gana me iría a dormir un poco —dijo—, pero esta tarde hay mucho qué hacer.
Retiré la brocha y pregunté con aire falsamente desinteresado:
—¿Fusilamiento?
—Algo por el estilo, pero más lento —respondió.
—¿Todos?
—No. Unos cuantos apenas.
Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja. Pero yo hubiera querido que él no viniera. Probablemente muchos de los nuestros lo habrían visto entrar. Y el enemigo en la casa impone condiciones. Yo tendría que afeitar esa barba como cualquiera otra, con cuidado, con esmero, como la de un buen parroquiano, cuidando de que ni por un solo poro fuese a brotar una gota de sangre. Cuidando de que en los pequeños remolinos no se desviara la hoja. Cuidando de que la piel, quedara limpia, templada, pulida, y de que al pasar el dorso de mi mano por ella, sintiera la superficie sin un pelo. Sí. Yo era un revolucionario clandestino, pero era también un barbero de conciencia, orgulloso de la pulcritud en su oficio. Y esa barba de cuatro días se prestaba para una buena faena.
Tomé la navaja, levanté en ángulo oblicuo las dos cachas, dejé libre la hoja y empecé la tarea, de una de las patillas hacia abajo. La hoja respondía a la perfección. El pelo se presentaba indócil y duro, no muy crecido, pero compacto. La piel iba apareciendo poco a poco. Sonaba la hoja con su ruido característico, y sobre ella crecían los grumos de jabón mezclados con trocitos de pelo. Hice una pausa para limpiarla, tomé la badana, de nuevo yo me puse a asentar el acero, porque soy un barbero que hace bien sus cosas. El hombre que había mantenido los ojos cerrados, los abrió, sacó una de las manos por encima de la sábana, se palpó la zona del rostro que empezaba a quedar libre de jabón, y me dijo:
—Venga usted a las seis, esta tarde, a la Escuela.
—¿Lo mismo del otro día —le pregunté horrorizado.
—Puede que resulte mejor —respondió.
—¿Qué piensa usted hacer?
—No sé todavía. Pero nos divertiremos.
Otra vez se echó hacia atrás y cerró los ojos. Yo me acerqué con la navaja en alto.
—¿Piensa castigarlos a todos? —aventuré tímidamente.
—A todos.
El jabón se secaba sobre la cara. Debía apresurarme. Por el espejo, miré hacia la calle. Lo mismo de siempre: la tienda de víveres y en ella dos o tres compradores. Luego miré el reloj: las dos y veinte de la tarde. La navaja seguía descendiendo. Ahora de la otra patilla hacia abajo. Una barba azul, cerrada. Debía dejársela crecer como algunos poetas o como algunos sacerdotes. Le quedaría bien. Muchos no lo reconocerían. Y mejor para él, pensé, mientras trataba de pulir suavemente todo el sector del cuello, porque allí sí que debía manejar con habilidad la hoja, pues el pelo, aunque es agraz, se enredaba en pequeños remolinos. Una barba crespa. Los poros podían abrirse, diminutos, y soltar su perla de sangre. Un buen barbero como yo finca su orgullo en que eso no ocurra a ningún cliente. Y éste era un cliente de calidad. ¿A cuántos de los nuestros había ordenado matar? ¿A cuántos de los nuestros había ordenado que los mutilaran? Mejor no pensarlo. Torres no sabía que yo era un enemigo. No lo sabía él ni lo sabían los demás. Se trataba de un secreto entre muy pocos, precisamente para que yo pudiese informar a los revolucionarios de lo que Torres estaba haciendo en el pueblo y de lo que proyectaba hacer cada vez que emprendía una excursión para cazar revolucionarios. Iba a ser, pues, muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente, vivo y afeitado.
La barba le había desaparecido casi completamente. Parecía más joven, con menos años de los que llevaba a cuestas cuando entró. Yo supongo que eso ocurre siempre con los hombres que entran y salen de las peluquerías. Bajo el golpe de mi navaja Torres rejuvenecía, sí; porque yo soy un buen barbero, el mejor de este pueblo, lo digo sin vanidad. Un poco más de jabón, aquí, bajo la barbilla, sobre la manzana, sobre esta gran vena. ¡Qué calor! Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente. Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No, ¡qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos. Pero estoy temblando como un verdadero asesino. De ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo. Tendría que cerrar la puerta. Y la sangre seguiría corriendo por el piso, tibia, imborrable, incontenible, hasta la calle, como un pequeño arroyo escarlata. Estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda incisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. ¿Y qué hacer con el cuerpo? ¿Dónde ocultarlo? Yo tendría que huir, dejar estas cosas, refugiarme lejos, bien lejos. Pero me perseguirían hasta dar conmigo. “El asesino del Capitán Torres. Lo degolló mientras le afeitaba la barba. Una cobardía”. Y por otro lado: “El vengador de los nuestros. Un nombre para recordar (aquí mi nombre). Era el barbero del pueblo. Nadie sabía que él defendía nuestra causa...” ¿Y qué? ¿Asesino o héroe? Del filo de esta navaja depende mi destino. Puedo inclinar un poco más la mano, apoyar un poco más la hoja, y hundirla. La piel cederá como la seda, como el caucho, como la badana. No hay nada más tierno que la piel del hombre y la sangre siempre está ahí, lista a brotar. Una navaja como ésta no traiciona. Es la mejor de mis navajas. Pero yo no quiero ser un asesino. ¡No señor! Usted vino para que yo lo afeitara y yo cumplo honradamente con mi trabajo. No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto.
La barba había quedado limpia, pulida y templada. El hombre se incorporó para mirarse en el espejo. Se pasó las manos por la piel y la sintió fresca y nuevecita.
—Gracias —dijo.
Se dirigió al ropero en busca del cinturón, de la pistola y del quepis. Yo debía estar muy pálido y sentía la camisa empapada. Torres concluyó de ajustar la hebilla, rectificó la posición de la pistola en la funda y, luego de alisarse maquinalmente los cabellos, se puso el quepis. Del bolsillo del pantalón extrajo unas monedas para pagarme el importe del servicio. Y empezó a caminar hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo y volviéndose me dijo:
—Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo.
Y siguió calle abajo.


Un día de estos

Gabriel García Márquez

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
—Papá
—Qué
—Dice el alcalde que si le sacas una muela.
—Dile que no estoy.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
—Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
—Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
—Papá.
—Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
—Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
—Bueno —dijo—. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
—Siéntese.
—Buenos días -dijo el alcalde.
—Buenos —dijo el dentista.
Mientras hervía el instrumental, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
—Tiene que ser sin anestesia —dijo.
—¿Por qué?
—Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
—Está bien —dijo, y trató de sonreír.
El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente.
El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
—Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
—Séquese las lágrimas —dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese”, dijo, “y haga buches de agua de sal”. El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
—Me pasa la cuenta —dijo.
—¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:
—Es la misma vaina.



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